San Juan de Baños

San Juan de Baños

viernes, 17 de junio de 2011

El rayo de luna




Soria y los Templarios. El monasterio de San Polo, a orillas del Duero, perteneció a la Orden del Temple y, junto a los Hospitalarios de San Juan de Duero, eran órdenes militares que defendían en la Edad Media el acceso a la ciudad. El Temple fue fundada en 1118 en Jerusalén por 9 caballeros franceses. San Polo tiene su origen en el s.XIII y entre sus huertos, tapias, claustros, muros y espesa vegetación, encontró Bécquer la inspiración perfecta para su leyenda El rayo de luna, publicada los días 12 y 13 de febrero de 1862 en el periódico El Contemporáneo. El protagonista es Manrique, amante de la soledad, que pasa los días mirando el fuego, contemplando las estrellas e imaginando mundos maravillosos. Una noche de luna llena, Manrique (que "había nacido para soñar el amor, no para sentirlo") atraviesa el puente que lleva al convento de los Templarios y entre las ramas de los árboles distigue un resplandor blanco que está seguro es la orla del traje de una mujer (bellísima, por cierto). Persiguiendo ese haz de luz, llega hasta un caserón de piedra parecido a un palacio donde cree que se ha refugiado la mujer a la que seguía. Tras pasar la noche esperando en la puerta, le dicen que allí no hay dama alguna a la que aguardar. Pero Manrique sabe que la estela de esa emoción le ha de conducir a la mujer real que busca y, dos meses después, en una noche serena y hermosa, vuelve al entorno del monasterio y, nuevamente puede contemplar algo blanco, ligero, flotante, que brilla ante sus ojos y entonces se da cuenta en realidad de lo que es: un rayo de luna que entraba a intervalos por entre las copas de los árboles. Manrique ha aprendido una extraña lección: que el amor... ¡es un rayo de luna!.



"Cantigas..., mujeres..., gloria..., felicidad..., mentira todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué? Para encontrar un rayo de luna."



Gustavo Adolfo Bécquer

jueves, 9 de junio de 2011

El Mambrú de Arbeteta

Mambrú se fue a la guerra,



¡qué dolor, qué dolor, qué pena!


Mambrú se fue a la guerra,


no sé cuando vendrá.


Do-re-mi, do-re-fa,


no sé cuando vendrá...




Esta canción fue compuesta por soldados franceses a comienzos del siglo XVIII para celebrar la supuesta muerte del general Malborough que les había derrotado un montón de veces. Incorporada al folcklore popular español, Malborough se transformó en Mambrú, la imagen romántica del soldado elegantemente vestido que se fue a la guerra tal vez para nunca más volver.



La iglesia de Arbeteta (Guadalajara) se corona con una veleta de madera de sabina forrada de planchas de latón que representa un granadero que ondea un banderín con una cruz, al que todos llaman El Mambrú. Cuando los días son claros, desde el campanario de Arbeteta se puede divisar perfectamente el del pueblo de Escamilla (unos 30 kilómetros) donde en lo alto de su iglesia también hay una veleta a la que llaman La Giralda y que representa a una joven mujer muy bella, construída de madera de encina forrada de cinc. Tanto la de Arbeteta como la de Escamilla han sufrido con el paso del tiempo la invasión de los rayos y truenos y han tenido que reemplazarse ya hace años con réplicas de mejor o peor gusto.



Pero estas figurillas esconden la leyenda de una historia de amor: La de la hija de un rico labrador de Escamilla y la del hijo del sacristán de Arbeteta, que desde que se conocieron en unas fiestas se hicieron inseparables pero por cosas del destino, el padre de la muchacha no veía con buen ojo esa relación y decidió cortar por lo sano y encerrarla en su palacete para que no pudiera ver al chico. El de Arbeteta fue a la guerra (digamos una de mediados del siglo XIX, esa época romántica de amor y muerte que tan ricamente nos enmarca la historia) y realizó una carrera militar exitosa que le permitió regresar al pueblo con su uniforme de Sargento Granadero de la Guardia Real y un montón de bolsas de oro. Por supuesto, viendo semejante figurín, los del pueblo decidieron llamarle Mambrú. Fue a ver a la chica al pueblo de al lado, pero el padre de la moza, otra vez erre que erre y el soldado tuvo que regresar a su pueblo con su fracaso de amor. Pero como era el hijo del sacristán y subía a la torre siempre que quería, decidieron los enamorados que a la hora del angelus el mozo ondearía un banderín desde Arbeteta y la chica subiría también a la torre de Escamilla y menearía al viento su delantal para manifestarse su amor callado y difícil. El joven regresaría a la guerra, moriría en campaña y, al poco tiempo, enferma de melancolía, la chica también fallecería.



Y por decisión popular, esta historia quedaría eternizada en las torres de las dos iglesias para la imaginación y el sueño.

lunes, 6 de junio de 2011

Cifuentes





"En la parroquia del Salvador hay un púlpito de jaspe, o de alabastro, que debe valer un dineral; es un púlpito de mucho mérito. Tiene unas esculturas muy cuidadosamente esculpidas y lo remata, por abajo, una cabeza con dos caras, como la de Jano, sólo que de hombre y mujer. El cura le cuenta al viajero la última historia del púlpito.


-Después de la guerra me costó mucho trabajo encontrarlo. Fue a aparecer en Madrid, en un museo. Al principio no querían dármelo, querían darme otro en vez. Un día me fui con un vecino que tiene una camioneta, me planté en la puerta del museo y les dije: Venga ese púlpito, que es mío. Lo cargué en la camioneta y ahí lo tiene usted.


El cura es un cura valiente, decidido, un cura simpático y trabajador que está orgulloso de su púlpito y, en cuanto lo encontró, se lo trajo y en paz."



Viaje a la Alcarria, Camilo José Cela, 1946



La Iglesia de San Salvador en Cifuentes (Guadalajara) es un tempo construído entre los siglos XIII a XVII, lo que nos permite comprobar elementos románicos, góticos, renacentistas y barrocos. Posiblemente lo más interesante en su exterior sea la portada de Santiago (en la fachada oeste, bajo un tejadillo), con un arco de medio punto con arquivoltas en degradación, alguna de ellas con figuras religiosas. Sobre esta puerta, un rosetón gótico.


También son interesantes la ermita del Remedio (y las arcadas del hospital), los torreznos que ponen en el bar La Esquinita, la perdiz escabechada que sirven en La Casa de los Gallos, el convento de Belén donde venden dulces, las curiosas cuevas del restaurante Los Parrales, el castillo construido por Don Juan Manuel en el siglo XIV, la muralla y la Puerta Salinera y los múltiples canales, ríos, molinos y balsas que se reparten por toda la población. Aquí nació la princesa de Éboli y, también, tienen una enorme tradición de tocar la zambomba.

viernes, 3 de junio de 2011

El Monte de las Ánimas



En 1861 el poeta Gustavo Adolfo Bécquer se casa con Casta Esteban, la hija del médico que le había tratado de sífilis. Aunque vivían en Madrid, pasaban muchas temporadas en el pueblo soriano de Noviercas, donde los suegros tenían una casa familiar. Tuvieron dos hijos: Gregorio Gustavo y Jorge Luis y en diciembre de 1868 nació en Noviercas el tercero, Emilio Eusebio, cuando el escritor y Casta ya llevaban un tiempo separados. Enseguida los rumores del pueblo señalaron las andanzas de Casta con Hilarión Borobia, un antiguo noviete a quien todo el mundo conocía como El Rubio, que pasaba temporadas en el monte. Los dos hijos mayores se irían con su padre y justo es reconocer que los últimos días de su vida Casta acompañó a Bécquer en Madrid (moriría en la calle Claudio Coello, 25). De vuelta al pueblo, Casta se casó con un recaudador de impuestos que fallecería de muerte violenta un año después (en los carnavales, cuando aparece El Rubio con unas astas de toro en la cabeza y con un cartel con el nombre del poeta). El recaudador recibe un balazo y el Rubio huye del pueblo, aunque fallecería al poco tiempo en un atraco frustrado.





Gustavo Adolfo Bécquer llegó a vivir unos 7 años entre Soria y varios pueblos de la zona (Ágreda, Almenar, Pozalmuro, Yanguas, Gómara o Torrubia, localidad donde nació Casta Esteban). Una placa en la plaza Herradores de Soria recuerda el solar donde estuvo la vivienda que habitaron el poeta y su hermano Valeriano, que pintó estampas costumbristas de la época. El 7 de noviembre de 1861 se publicó en el diario El Contemporáneo la leyenda El Monte de las Ánimas, que describe el misterio que envuelve al monasterio templario de San Juan de Duero.



" Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche".


Gustavo Adolfo Bécquer

miércoles, 1 de junio de 2011

Casa Revuelta





El mejor bacalao rebozado de Madrid se puede tomar en la barra de Casa Revuelta. Es un sencillo y acogedor bar que se encuentra en Latoneros, 3 (calle que va de Toledo a la Cava de San Miguel, al lado de Puerta Cerrada). Sus cuatro mesitas con taburetes, sus vigas de madera, su barra de aluminio y un servicio de camareros impecable hablan de la callada labor de muchos años que allí ha realizado Santiago Revuelta (hoy nonagenario y que se asoma alguna vez al mostrador para controlar el negocio) desde que llegó al Madrid de los años 3o del siglo pasado con un hatillo al hombro y fundó su negocio en 1966.



Un bacalao perfectamente desalado, jugoso y sin espinas es la joya de la corona. Pero también las albóndigas de ternera, los callos, los calamares en su tinta, los torreznos, las empanadillas de bonito, las sardinas rebozadas. Y por supuesto, los reyes indiscutibles de la tapa madrileña: el chorizo, el queso y las aceitunas. Todo con una caña bien tirada (o un chato de vino).




¡Al fondo hay sitio, señores!, te dirán en cuanto te asomes a la puerta. Y si logras descubrir un hueco entre la multitud, habrás conquistado -sin querer- un trozo del corazón del auténtico Madrid.